No es más gordo el que más pesa ni más flaco el que menos.
No es más guapo el que más novias tiene ni es más feo el que nunca ha tenido ninguna.
No es más inteligente el que saca mejores notas, ni tampoco es tonto el que no
estudia. No tiene más razón el que más grita ni es más sabio el que más habla.
No es más fuerte el que más batallas ha ganado, ni es más flojo el que nunca ha
combatido.
No podemos pensar que una fiesta va a ser más divertida
porque tenga más invitados, o que un texto sea más bonito porque sea más largo.
Pues lo verdaderamente bueno no entiende de cantidades. Las cosas especiales
suelen ser únicas, creadas por una fusión improbable de diferentes materias en
cantidades exactas y en un tiempo y espacio irrepetibles.
Lamentablemente, en la mayoría de los mercados vivimos
limitados por nuestra economía, y nos vemos obligados a buscar la relación calidad-precio.
No obstante, debemos saber diferenciar en todo aquello que
no tenga que ver con el dinero.
Para identificar todo aquello que se acerca a la perfección,
tendremos que ser capaces de traspasar la primera barrera, ¿que cual es? Yo la
llamo, “la barrera de los deseos”, pero tú sueles llamarla “el sentido de la vista”.
Detrás de la apariencia de la cosas se esconde todo un mundo, y para descubrir
algo especial debes ir más allá de su imagen. Es el gran obstáculo, y muy pocos
son capaces de conseguirlo. En algunas ocasiones también aparecen los otros
sentidos, como el oído, el olfato o el tacto pero no tienen la misma
determinación.
Si todo el mundo fuera capaz de ir más allá de la
apariencia, ¿existiría alguna cosa especial para todos? No sé la respuesta,
pues nuestro querido planeta siempre tiene un as en la manga, pero sí sé que la
cosas especiales no serían tan valoradas como lo son ahora.
Debemos ser
prudentes, pues lo bueno no se encuentra de manera fácil, ni mucho menos en
grandes cantidades.



















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